Hosting Gratis Unlugar.com
Hosting - Registro .Com - Hosting Gratis - Barrio Privado - Mail List - Clasificados Gratis
Promo Hostin Unlugar.com
 

La Barra de Bueras!

 
Nuestra historia    Anécdotas    Fotos    Mensajes    Inicio    
 

Anécdotas de los lectores


Invitamos a todos los visitantes de este sitio a participar del Foro de Mensajes y compartir sus anécdotas

Martín (barrio de Caballito, 49 años)

El hambre del mochilero

Corría el año 80 aproximadamente, y junto con mis amigos Carlos y Alejandro (que son primos-hermanos) nos habíamos ido de mochileros a Bariloche, pero, ¡ojo! ¡Mochileros, mochileros! Nada de autos, micros, tren; todo a puro dedo y con muy poca guita. La cuestión es que pasamos unas semanas sensacionales, y llegó la hora de emprender el regreso, los tres estábamos sucios, sin un mango y cagados de hambre. Justamente estábamos en las afueras de Bariloche yendo por un camino secundario que se dirigía a la ruta principal, por supuesto todos con nuestras respectivas mochilas, cuando de repente empezamos a sentir un olorcito a asado que a medida que ibamos caminando se iba haciendo cada vez más pronunciado. De golpe nos encontramos con una cerca y, terreno adentro, se ve que estaban inaugurando no recuerdo bien si una escuela, o una sala de primeros auxilios... o algo por el estilo. Había mucha gente, entre los cuales, se encontraban varios gauchos asando todo tipo de exquisiteces. A saber: cordero al asador, vaca al asador, y además, en enormes parrillas, menudencias de las más variadas, que no hace falta que las describa porque ustedes se imaginarán. Todo el mundo comía, tomaba y hablaba animadamente, y nosotros tres, en el camino, clavados como estacas mirando hambrientamente. Habrían pasado algunos minutos, cuando de golpe, uno de los paisanos que estaba haciendo el asado se percató de nuestra presencia, y acercándose con una gran sonrisa, nos dijo "¿Qué tal, muchachos, cómo andan? ¿No les gustaría picar alguna cosita? ¡Miren que hay mucho! ¿Eh?". Por supuesto esas fueron palabras mágicas para nuestros oídos, y sin que lo tenga que repetir, le dijimos, a coro "¡Bueno!".
El hombre nos fue acercando pedazos de carne con pan y otras cosas por el estilo. Nosotros comíamos como si ese fuera el último manjar disponible sobre la Tierra. En un momento dado, el mismo hombre nos dice "¡Muchachos! ¿Por qué mejor no entran y se sirven ustedes mismos lo que quieran? Con confianza, ¿eh?". El hombre no había terminado la frase "con confianza" cuando nosotros ya estábamos parados al lado del cordero al asador. Yo calculo que habremos estado aproximadamente, si mal no recuerdo, como una hora comiendo ininterrumpidamente. Y a todo esto, todos los invitados ya se estaban retirando. Llegó un momento en que quedamos nosotros, los gauchos y algún que otro invitado. Habíamos comido a reventar.
Primero, de parados; a esa altura, estábamos sentados y realmente nos costaba mucho volver a pararnos, no sólo por el asado consumido, sino también por el vino. De pronto, otro de los paisanos nos dice:
-¡Muchachos! ¡Miren que acá sobró una barbaridá'! ¿No quieren llevar carne para el camino? Con confianza, ¿eh?
-¡Bueno, está bien! -le dijimos- ¡Muchas gracias, muchas gracias!

A lo cual, el paisano, se acercó al ratito con una bolsa de consorcio y empezó a poner carne y achuras de todo tipo adentro de la misma, hasta completar casi la mitad. Ustedes imagínense la cantidad de comida que era eso. Estuvimos sentados un buen rato para poder hacer la digestión ya con la bolsa de consorcio lista para partir con nosotros hasta que, con gran dificultad, nos paramos. Nos cargamos nuestras mochilas al hombro y nos deshicimos en agradecimiento a la gente que nos había invitado a compartir su comida. Nos despedimos de esta gente macanudísima con un fuerte apretón de manos y un hasta pronto, hasta la vuelta, cuando gusten.
Volvimos al camino por el cual veníamos que desembocaba, creo, en la Ruta 40. Íbamos caminando, yo, el más petiso; y Alejandro y Carlos, altos y re flacos. Habríamos hecho, aproximadamente, unos 600 ó 700 metros turnándonos para llevar la bolsa de consorcio que pesaba como la puta madre, cuando de repente, Alejandro, que era el más flaco de todos y el que más había comido (yo no sé adónde le entraba tanto), nos dijo "¡Che, loco! ¿Por qué no paramos un cachito? ¡Tengo un hambre!". Luego de lo cual, abrió la bolsa de consorcio con fruición y su cabeza desapareció dentro de ella para ver qué había para comer. Carlos y yo, nos mirábamos atónitos sin entender nada, y nos decíamos el uno al otro "No puede ser, éste está jodiendo. ¿Cómo va a tener hambre? No puede tener hambre, ¡qué hijo de puta!". Pero Alejandro hizo oídos sordos a nuestros comentarios mientras extraía de la bolsa un enorme pedazo de costillar al cual le hincó el diente inmediatamente. Mientras masticaba, movía la cabeza de arriba a abajo en señal de aprobación y decía "¡Qué bueno que está esto, qué hambre que tenía!". ¿Ustedes la pueden creer? ¡Qué hijo de puta! Pasaron de esto como treinta años y todavía me acuerdo como si hubiera sido ayer.

La sed del mochilero

Tengo otra anécdota que ocurrió mas o menos en la misma época y con los mismos personajes:
Estábamos volviendo de una de nuestras incursiones mochileriles (no recuerdo exactamente adonde habíamos ido esa vez, espero poder soslayar el incipiente Alzheimer y en algún otro momento recordarlo).
Cuadro de situación: Ruta 2 (cuando era RUTA 2, no autovía 2 como se la denomina ahora concheterilmente), mes de Febrero, un calor de la gran puta. Los mismos personajes: Alejandro, Carlos y yo regresando a Cap. Fed. cagados de calor, de sed, de hambre, de sueño y sin un mango, esperando que alguien se apiade de nuestras almas y nos levante. De repente, tremendo Torino, nuevo, un auto de puta madre!!! Le hacemos dedo y nos para unos cuantos metros más adelante, nosotros corremos desesperadamente sudando la gota gorda y nuestras mochilas a cuestas. "¿Para dónde van?", pregunta el hombre que manejaba la Torino. "A Buenos Aires", le contestamos a coro. "Bueno, muchachos, suban que los llevo", nos apoltronamos en la coupé Torino y comenzamos con el conductor el diálogo de rigor, ¿de dónde son? etc. etc.
En un momento dado, creo que a la altura de Chascomús, el hombre dijo "Voy a entrar a una estación de servicio a cargar nafta y a tomar algo". La cuestión es que nos bajamos del auto luego de haber cargado nafta y el hombre, gentilmente, nos invitó al bar a tomar algo, y que él invitaba, que no nos preocupemos. Llega el mozo y el hombre nos pregunta qué queríamos tomar, "¿Coca Cola, puede ser?" "¡Si, Coca Cola!", dijimos todos al mismo tiempo (a esa altura y con la sed que teníamos, si hubiera sido agua del Riachuelo también habríamos dicho que sí). A los pocos minutos llega el mozo con las cuatro botellas de gaseosa y los respectivos vasos y ocurre lo siguiente: tanto Carlos como yo (y bien enseñados que éramos), nos servimos un poco de Coca en el vaso, y haciendo un gran esfuerzo para no tomarnos la misma de un saque, la fuimos tomando de a lentos sorbos, como para guardar las apariencias. No se puede decir lo mismo del turro de Alejandro, que, ni bien el mozo destapó la botella de gaseosa, y no dándole tiempo a apoyarla sobre la mesa, la manoteó, y, empinando el pico sobre sus labios, se la mandó en siete u ocho sorbos mientras su Nuez de Adán subía y bajaba rítmicamente, nosotros, con Carlos, nos mirábamos azorados, y queriendo que la tierra nos trague o queriendo salir corriendo. ¡Dios mío! ¡Qué espectáculo más deplorable! (a fuer de ser sinceros, si hubiéramos estado solos hubiéramos hecho lo mismo, pero nos contuvimos por una custión de elemental decoro). En definitiva, nuestro querido amigo Alejandro, luego de deglutir su último trago de gaseosa, apoyó con fuerza la botella sobre la mesa mientras exclamaba un ruidoso "AAAAAAAAAAAAAAAH!!!!!!!".
Creo que no hay mucho más por agregar y ustedes sacarán sus propias conclusiones.
¡¡Pero qué reverendo hijo de p...!!