Cuenta la historia
que algunas noches de verano (otoño, invierno y primavera
también) rondaban por las sombras del pasaje Casco un
grupo de adolescentes que se dedicaba a espiar a parejas
que, apasionadamente, expresaban su amor (o no) dentro del
albergue transitorio (vulgarmente llamado “telo”)
“Gran Oeste”.
El acto de fisgonear
era realizado a través de un orificio hecho en la persiana
de madera que tenía el anteriormente mencionado lugar.
Como había solo un orificio, había que mirar de a uno.
Esa operación había que
realizarla en el mayor de los silencios para no ser
descubiertos. Todo iba bien hasta que alguno de los
integrantes daba un golpe a la persiana y el grupo tenía
que salir corriendo.
En nombre de ellos
pido disculpas por haber interrumpido tantos… como
decirlo... uds. me entienden.
Enero de 1977, Mar del
Plata Ricardito Lara mostrando por qué
a veces era alto
Una de actualidad
Este fue el regalo que
le hicieron a Charlie por su cumpleaños 2008:
Nuestros juegos (Parte I)
Por Carlos Gudiña
Sin lugar a dudas, el fútbol fue
el centro de nuestro tiempo libre: los “picaditos” se
armaban permanentemente. Alcanzaba con que fuéramos dos;
si había más, mejor. ¿La pelota? Cualquiera de goma, de
papel, de cuero... lo que tuviéramos a mano y que sirviera
para patear. Recuerdo haber jugado hasta con un corcho.
Los sábados era el día mas esperado. Nos
juntábamos en Bueras, más específicamente en la
puerta de la casa de Sergio Puglia. Entonces
esperábamos hasta estar todos y nos dirigíamos raudamente
a la plazoleta de Juan B. Justo (frente a Vélez).
Vale aclarar que más de una vez (mejor dicho, muchas
veces) peligró el comienzo de los tan ansiados partidos
porque nuestro queridísimo amigo Javier Eugui se
transformaba al ver una pelota. Creo que era la versión
moderna de Dr. Jekill & Mr. Hyde: completamente
descontrolado, la “colgaba” en alguna casa vecina y hasta
en una oportunidad rompió las letras del cartel de neón de
la Cochería Carbone. Javier era así, perdón,
es así, porque la sigue “colgando”: ahora la tira a la
autopista.
Nuestro clásico rival era el equipo del
barrio de Versailles, capitaneado por Carlitos
“Carone” González.
Otro lugar también frecuentado por la Barra era la
canchita de San Cayetano, lo que es hoy el
Ateneo San Cayetano.
Les puedo asegurar que, a pesar que han pasado más de 35
años, seguimos rememorando aquellos partidos que vamos a
llevar en un rincón de nuestro corazón por el resto de
nuestras vidas.
Nuestros juegos (Parte II)
Por
Javier Eugui
“Fútbol en la cancha de
la cocina”
A mediados de la década del '60, la creatividad en los
juegos de todos los chicos no tenía límites. No se si
habremos sido, tanto Carlitos Gudiña como yo, los
mentores, los artífices, los iluminados, o los creadores
del “Fútbol en la cancha de la cocina”.
Este juego, cuyo principal
y fundamental componente eran las figuritas de fútbol
de diversos años de emisión que no se habían pegado en los
álbumes de “Fulbito” y “Campeón”, entre
otros, representaban los fieles intérpretes de lo que
nuestra fantasía dictaba.
El estadio deportivo se
encontraba en la calle Amadeo Jacques 6925; esa era
mi casa.
El terreno de juego, si lo puedo denominar así, era la
mesa de la cocina. Debidamente señalizada, a través de
rayas pintadas con lapicera, allí estaban la media cancha,
el círculo central, el área chica y grande, las medias
lunas, los laterales, los corners y hasta el punto de
penal. Como arcos colocábamos los arcos que venían en el
juego del “Metegol”, sostenidos por cintas scocht.
En los laterales aparecían escritas marcas de afamados
productos: “Coca Cola”, “Batica”, “Casa
Muñoz”, etc.
Balón de jugo: El balón que se utilizaba para
disputar los partidos era muy artesanal. El material
utilizado era papel blanco, harina y saliva. La
preparación consistía en tomar un pedazo de papel y
masticarlo, aproximadamente 2 minutos. Luego, cuando el
trozo de papel estaba, totalmente impregnado en saliva, se
lo retiraba de la boca y se lo colocaba en las palmas de
las manos, tratando de darle una forma esférica.
Posteriormente, se lo introducía en un plato que contenía
harina (marca “Cocinero”). Se lo rebozaba y,
nuevamente con las palmas de las manos, se moldeaba los
materiales hasta lograr una total redondez. Se la dejaba
secar, más o menos 10 minutos. Siempre manteníamos un
stock interesante de balones, ya que en incontables veces,
se caía de la cancha y se perdían.
Reglamento del campeonato:. Carlitos Gudiña y yo,
implícitamente, acordamos un reglamento que nunca fue
escrito. Siempre se guió por la honestidad y la amistad.
La particularidad fue que este campeonato jamás tuvo una
denominación determinada.
Sorteo de equipos: Se procedía, en primer término a
colocar sobre la mesa… perdón, sobre el campo de juego,
todos los conjuntos (River, San Lorenzo,
Boca, Racing, Independiente, Quilmes,
Atlanta, Deportivo Español, Vélez,
etc.), debidamente protegidas las figuritas con un
envoltorio de papel, para realizar el sorteo de los
representativos de mí amigo Carlitos Gudiña y yo. Luego
del sorteo, cada uno de nosotros, en una cajita, colocaba
su equipo. Además, en una hoja, ingresábamos los datos de
los partidos a disputarse, los resultados y la tabla
correspondiente.
Inicio de los partidos: En ambos laterales del
estadio, cada uno de nosotros, figuritas en mano, con la
seriedad del caso, procedíamos a colocar los
jugadores…..perdón, las figuritas con las caras de los
jugadores, de acuerdo a una estrategia que se elaboraba
previamente. Un 2-3-5, un 3-4-3 y hasta un 4-3-3 eran las
formas de tratar de obtener un buen resultado. Viendo,
durante el partido, que el equipo no funcionaba como uno
pretendía, se modificaban estos esquemas, con la anuencia
del otro.
Relatos: Al comenzar el encuentro y hasta que
finalizaba el mismo, cada vez que uno de nosotros se hacía
del balón comenzaba un relato, en algunos casos, a viva
voz, como si se tratara de un relato radial de los señores
Muñoz, Fioravanti u otros relatores
periodísticos de esos tiempos. Quedábamos semi-afónicos al
haber puesto tanto fervor en cada jugada. Imaginemos
cuando alguno de los dos metía un gol.
La competencia: La disputa de cada partido era,
realmente, una final de campeonato. En esa época no se
hablaba del “Fair Play”, el juego entre nosotros siempre
era limpio. Los dos teníamos muy claros los códigos que
hacían que los partidos, independientemente de su
resultado, era estar juntos para jugar a algo, que nos
apasionaba.
Y así pasábamos las horas y
horas ¿Cuántos horas?........ni idea. Los partidos se
sucedían, unos tras otros. ¿Cuántos
encuentros?........Dios sabrá. Lo que si yo se, y esto va
por mi parte, antes que llegara Carlitos Gudiña mi
ansiedad iba creciendo minuto a minuto, sabiendo que, a
eso de las 17 Hs., iba a sonar el timbre de la calle, y al
abrir la puerta me encontraría con mi hermanito de la
vida, que aún hoy, lo sigo queriendo como el primer día
que lo conocí.
Los partidos del “Fútbol
en la cancha de la cocina” finalizaban cuando mi mamá,
siempre sonriendo decía……Chicos vayan terminando que
tengo que cocinar!. Como en los estadios europeos,
donde cubren los estadios para proteger el césped,
nosotros cubríamos la mesa de madera con un mantel de hule
florido.
Otra jornada había
terminado. Otra vez mi mejor amigo, Carlitos Gudiña, se
iba a su casa. ¡Ufa!, decía yo. Como me hubiese
gustado que se quedara más tiempo para seguir jugando en
la canchita de la cocina de mi casa.
Continuará…
¿Te acordás...?
Acompañanos a recordar aquellas cosas que hicieron que
nuestra niñez fuera inolvidable...
Desde
el mes de julio comenzábamos a planificar ese día tan
importante para nosotros: si bien se festejaba la llegada
de la primavera, era la excusa perfecta para estar todos
juntos un día entero.
Si la memoria no me falla, tendríamos
unos 12 o 13 años cuando comenzamos a reunirnos para este
festejo. Por supuesto siguió con el correr de los años.
Hemos recorrido muchos lugares y cada
uno tiene su historia, cada 21 de septiembre tiene algo
especial que se diferencia de los otros y esas diferencias
son las cosas vividas, las anécdotas que son muchas y que
seguramente van a dar lugar a mas historias.
Recuerdo Ezeiza, el autódromo de Bs. As,
parque Saavedra, San Antonio de Areco, San Miguel del
Monte, hemos ido a tantos lugares!!! Ahora con los años
pienso… recorrer 180 km para pasar un dia de campo…!!!
Está perfecto!!! Les juro que lo volvería a hacer. Ibamos
todos, éramos una banda: a veces más de 20. Por supuesto
ese dia llevábamos a nuestras novias y con el tiempo esas
novias se transformaron en esposas, y llegaron los hijos….
Y nosotros seguíamos festejando nuestro dia de la
primavera.
NO ES HERMOSO?
EZEIZA, 1985
Y en la historia de
nuestros días de la primavera, cómo olvidar lo sucedido en
1979:
Como todos los
años, al aproximarse esta fecha, ya teníamos planeado el
lugar donde pasar nuestro día de campo. El destino: San
Antonio de Areco.
Nos reunimos en
la esquina de Bynnon y Bueras, nuestro punto de encuentro
tradicional, en la cochería Carbone.
Fuimos llegando
bien temprano y a las 8,30 hs, ya estábamos todos listos
para la aventura. Partimos en varios vehículos, autos y
camionetas.
El día anterior
había llovido muchísimo, pero eso no era impedimento.
Tuvimos un viaje
tranquilo y muy divertido, fuimos en caravana y a eso de
las 11 hs., llegamos al pueblo. Nos dirigimos al balneario
municipal, el cual contaba con las instalaciones ideales
para pasar el día: había parrillas, mesas y sanitarios. Al
llegar, el panorama fue terrible. Era un pantano, todo
inundado, imposible instalarse allí. ¿Qué hacemos ahora?
¿A dónde vamos? Ese era el único lugar.
Comenzamos a
recorrer las afueras del pueblo y paramos en un bar tipo
pulpería. Entonces consultamos al dueño a ver si nos podía
orientar (nos negábamos a perder el día). Ante nuestra
sorpresa, este hombre nos invita a quedarnos allí, ya que
en los fondos tenía mucho lugar, y aquí vale una
reflexión: nosotros los de la “ciudad” que desconfiamos de
todo y de todos, aprendimos en ese instante la generosidad
de este lugareño, gente de campo que sin conocernos, sin
saber la clase de personas que éramos, un grupo de chicos
y chicas veiteañeros, esta persona anónima nos invita a
“su casa” a que pasemos nuestro día de la primavera. Creo
que solamente gente sana de corazón y espíritu hace
semejante cosa. No sabemos su nombre, pero siempre
recordaremos ese gesto de buen tipo.
Nos comenzamos a
instalar y nos encontramos con un baño, un galpón con
mesas y sillas y…. una canchita de fútbol, embarrada por
cierto.
Se podrán
imaginar que lo primero fue hacer un picadito. Comenzamos
a jugar y al rato aparecen (no se sabe de donde) unos
muchachos del lugar que querían hacernos un desafío.
Vengan!!!
Creo que jugamos
mas de 2 horas y todo nuestro cuerpo estaba cubierto de
barro. Partidazo inolvidable, memorable y todos los buenos
calificativos que le quieran poner. Por supuesto fuimos a
las duchas (agua fría, claro)
Hicimos a la
parrilla unos 20 pollos, los que sobraron fueron
obsequiados al dueño del lugar. Pasamos un día para el
recuerdo, junto a las chicas (nuestras novias). Al
atardecer, después del mate, nos fuimos.
Desde esta página,
nuestro eterno agradecimiento al SEÑOR dueño de ese bar de
campo que nos permitió vivir unos de los mejores días de
la primavera.
Los
inolvidables años 70 y 80
- Qué bien bailas! ¿Venís siempre a este
club?
- No, es la primera vez. Me trajo mi prima. Es esa que
está con el flaco alto. La de minifalda blanca...
- Ah..! decime...¿siempre se pone tan bueno?
- No sé...ya te dije que es la primera vez que vengo...
- Qué buena música..! ¿no querés tomar algo?
-Bueno, una Coca.
Los que vivimos los últimos
años de la infancia y el comienzo de la adolescencia en
los '70, guardamos este tipo de recuerdos. Comenzando por
los asaltos, reuniones vespertinas de los sábados
donde las chicas llevaban comida y los discos L.P. con los
temas que habían estado practicando toda la semana; y los
varones, gaseosa y los discos lentos de Roberto Carlos.
Arrancaban tipo five o´clock y había que ser puntual. Se
bailaba, se jugaba a la botellita y a Verdad o
Consecuencia. Tormenta, Silvana di Lorenzo
y Trocha Angosta eran nuestros invitados de
lujo. A las ocho de la noche nuestros papis nos pasaban a
buscar, así que en tres horas teníamos que arreglarnos
para bailar, correr, comer chizitos y, con suerte, robarle
un piquito a la belleza de turno, si es que se le
podía llamar belleza a una flacuchita con aparatitos (qué
digo aparatitos...en esa época eran aparatones) en los
dientes...
Roberto Carlos
Ya promediando la década
del '70 el lugar de encuentro: los clubes. Éramos
grandes! Ahí ya íbamos en colectivo y todo el marco era
diferente. Multitud de chicos haciendo "puerta", esperando
que entraran las "buenas", cosa que se daba más o menos a
las 22.30. Antes de las once tenías que estar adentro,
sino planchabas... Dejabas pasar un rato, dabas vueltas
alrededor de la pista, mirabas para acá, para allá, ponías
el ojo, la bala, y con los deditos cruzados, ibas y
encarabas...
-Bailás?
-Bueno.
Gardel y Lepera, juntos y
tocando la cumparsita. El tema era tener un buen
chamuyo, bailar aceptablemente e ir llevando la
situación para que ella no se fuera. Al fin y al cabo, en
un ratito venía la luz negra con los lentos. Y si
para entonces el chivo estaba en el lazo, teníamos grandes
chances de "chapar" un ratito. Y ahí no eran sólo
piquitos. Era cuestión de "pasarse el caramelo" un
rato largo, como para volver a casa con la dulce sensación
de sentirse un "winner", habiendo disfrutado de
"Somebody to love" de Queen,
"Conociéndote" de Banana o"Nena, me
gusta tu forma" de Peter Frampton, y una
tierna noviecita... Y sí, para chapar había que hacerlo
legal.
Freddie Mercury- Queen
Ya pasada la barrera de los
dieciocho, la movida se había trasladado a los boliches.
La música disco era furor. Mucho mover el esqueleto y
tragos con alcohol. Y el que lograba sobrevivirlos con
cierta decencia podía llamarse contento. Afuera nos
esperaban los autos. Sin drogas, sin SIDA todavía, pero
con las hormonas a full. El pasacassette nos
regalaba la música del "Expreso de Medianoche"
y “Último tren a Londres”
Eso si, al llegar a casa, pasarle un trapito húmedo al
coche del viejo, para no fomentar un rotundo no al
mangaso del próximo sábado.
Relato de
una visita a la comunidad Mapuche Melinao, en la
localidad de Olascoaga (a unos 15 kilómetros de
Bragado), con una reunión con el Cacique Máximo
Coñequir.